Las clasés de Alemán van muy bien, siempre estoy ahí puntual y no tan desconcentrada y en la luna como cuando me sentaba en las aulas universitarias. La profe es un sol, una alemana de 65 años, que se siente más tica que yo y odia el clima que últimamente me alegra a mi el espíritu. Tiene una paciencia que hasta un monje tibetano le envidiaría.
Hay un compañero que siempre quiere ser el hazme reír, quiero decir que quisiera ser el centro de atención de la clase. Me cae malísimo, porque me parece algo irrespetuoso y demasiado escandaloso. Los demás, a esas horas de la noche y especialmente los Viernes sentimos a ratos que el cerebro nos va explotar con ese palabrerio tan ajeno, unos por mucho brete y otros porque seguramente nos pegamos la fiesta la hermosa noche del jueves.
Recreo...cafecito seguro, para aguantar hasta las nueve y pico. Debo admitir que me encanta estar ahí, ir a pie, ponerme el raincoat y el bultillo, quitarme como 5 años de la espalda y volver a un aula, si...tengo un anhelo por la vida académica, aunque solo sirva el mínimo porciento de lo que uno aprende en esos escritorios.
martes, 16 de octubre de 2007
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2 comentarios:
hey, felicidades con tu nuevo camino hacia el alemán. Lo bueno es que tienes con quien practicarlo!
gracias, esta bien complicado el asunto pero interesante, ojala lo pueda aprender bien estando alla...jeje
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