lunes, 1 de octubre de 2007

La Otra

Que cuando conocí a través del papel a Eva, la del libro que ya me ha sacado unas cuantas lágrimas, que cuenta y habla de sus yoes internos, de la Otra, la que tú piensas que eres, ya sea, porque todo el mundo te lo dice o porque tú misma has fabricado esa imagen mental de tí misma, y ni tan mental, porque se vuelve real. Y dice masomenos así: “ lo cito yo para explicarte que la Otra, mi embarazosa huésped, la Otra yo dentro de la una que éramos dos, recorría las barras de los bares últimos de la noche y de las calles muertas de la madrugada con los ojos perdidos, bebiendo hasta perder el control, y cuando llegaba a casa en la cabina de un ascensor de luz amarilla, y se paraba a verse en el espejo y miraba su cara abotargada, y su sonrisa de muchacha soñolienta, y sus ojos de huérfana verdadera, caía en la cuenta de que sus borracheras torpes ya no tenían la puta gracia y de que sus juergas de adolescente resultaban patéticas habiendo cumplido ya los treinta años, y entonces abría la puerta de un apartamento sucio y avanzaba a tientas por la casa tropezando con los muebles y me arrastraba a mí a la cama, a dormir con ella, perra enferma, arrepentida y furiosa de impotencia.”1

Esa huésped que se ha asentado en lo profundo de tus vísceras, y más allá, que duerme y despierta cuando le da la gana. Esa cual actividad favorita es la de boicotear. Que cree que nada es posible, que ensombrece a la otra en favor de sus propósitos siempre predecibles. Esa que vive engañada, porque vive en una ilusión, creyéndose lo que escuchó y lo que le dijeron hace mil años. Esa que no quiere mermarle a su afición por desvalorizarlo todo, especialmente a ella misma, como si realmente valiera menos que los demás, como si pudiera menos, como si sus capacidades intelectuales, emocionales, o sexuales fueran menores que las de la loca de la esquina o de la niña pipi que maneja un auto carísimo en medio de una ciudad en plena decadencia.

Esa que cuando es observada hace pataletas y da brincos de rabia, porque le encantaría permanecer oculta y ajena, como si no fuése la responsable de nada de lo que ocurre.

Pero a pesar de todo eso, uno no es como los demás creen, nisiquiera como uno mismo cree, porque en realidad, uno no es como una escritura de notario precisa y tajantemente construida. Sino, más bien como un caleidoscopio, que cambia siempre de forma según quién y de donde se le mire, aunque por dentro este compuesto de los mismos elementos agrupados.

1. Tomado del libro Un Milagro en Equilibrio de Lucía Etxebarria.

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