viernes, 11 de enero de 2008

Naturlich

Soy una luz más. Estoy llena de algo, que no sé que es, vacía al mismo tiempo me muevo interminablemente por un camino al cual no estoy muy consciente de como llegué. Pero heme aquí, presente entre noche y día, entre amores y odios, entre bienvenidas y rechazos, entre días conmovedores y momentos de pesadumbre total.

La luna me sonríe y me alumbra las noches de deseo, el sol cuando le da la gana me acaricia y se me mete como debajo de la piel, insoportable a veces, invasivo y perturbador. Otras, invicible y escondido, haciéndose extrañar, porque sabe que se le necesita como personaje principal.

Las montañas en cambio, no piden ni dan nada, solo son la imágen más imponente ante mis ojos que habitan un lugar donde siempre están presentes. Gigantescas y llenas de magia y puro, aunténtico misterio. Al árbol le siento más cercano, porque me apetece compararlo conmigo misma, aunque seamos tan diferentes, objeto orgánico pegado a la tierra que es su fuente, inseparable, tranquilo, que no espera nada más que lo que ella le pueda dar. Abierto y dispuesto a tomar y ser el vecino apacible que no ataca, que no hurta, que vive pleno con lo que tiene, y que no tiene miedo a su propia decadencia, sabiéndola parte natural de él.

El río que fluye, porque sabe lo que recibe y también exactamente lo que tiene que hacer. El mar, salado, al que le llega el agua dulce sin pedirlo, sin hacer el mínimo esfuerzo, pero que en su inmensidad sigue siendo él mismo, y respeta sus límites aunque la luna lo enfurezca a veces.

La arena que es el puente entre dimensiones, líquido y sólido, hogar cada una de esos seres que solo saben vivir ahí. Intermedio que lo comunica todo con sabiduría propia de su estado esencial. Nubes que se transforman todo el tiempo, manipuladoras de la forma, porque saben que son vistas, que la sustancia pasa por ellas y que el movimiento es per se.

Viento que da frío, que alivia los calores, que produce placer y malestar. Que salva y destruye, que ama sin parar. Agua que hidrata y da vida, que ahoga y abraza. Bosque, que alivia, que da refugio, que acoge con intención maternal. Nada, que lo absorve todo, todo, todo, que incluye, que no deja nada ni a nadie por fuera, consciencia que acoge la nada, con el silencio como su mayor testigo, su hermano fraternal.

Humanos que no se dan cuenta ni de la nada, ni de lo que hay en sus confines infinitos, esclavos de su cuento que es lo más irreal.

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